viernes, 23 de julio de 2010

Crónicas de Nahuel González Lozza, mi nieto

Villazón (Bolivia) - Tarija (Bolivia)

Bolivia son las montañas y el miedo a caerse por ellas. Las montañas nos permiten descubrir que el país es gigante y que está replegado varias veces sobre sí mismo. Las distancias recorridas son cortas en línea recta pero interminables en sentido real. Todo Bolivia es montañas. A veces son verdes intangibles y en gran parte se vuelven doradas y rocosas. Y el miedo no es miedo en realidad. Es conmoción y cierto toque de melancolía. Quiero decir, no es rechazo a la muerte en el sentido instintivo o ambicioso, no. Es más bien el hecho de que, en un momento para nada esperado, se vuelve palpable el sentimiento de despedida final. A uno se le hace consciente la idea de que puede perder de repente, ahí, justo ahí, toda su absoluta existencia. Primero son las plantas contra el costado de un micro y luego son las palabras del viejo y sus viajes por el mar Caspio, en los que existen conductores turcos que alaban a su Dios en cada curva y cubren sus ojos con sus manos para sentirse ellos más cerca de Él. Y recordás los dictámenes de los puesteros, que los choferes de la sierra son los mejores, y van sin luces y siempre en la noche. Y está el que pincha un neumático y están los acantilados. Y las bocinas y las vacas; y los burros que se cruzan y las rocas: techos de rocas, paredes de rocas y millones de rocas que esperan abajo, en las fosas oscuras del abismo. Y están las curvas y el sueño. El sueño que tenés y el sueño que puede tener el que conduce. Y las cosas que pensás (cómo salvarte o a quién salvar) y las cosas que escuchás (que es imposible salvarte o salvar a alguien). Y de noche, a las tres de la madrugada, te despierta un rugido ensordecedor y ajeno a todos tus parámetros, y sentís el temblor de los asientos y del portaequipaje, y ves los vidrios a punto de estallar por la presión. Todo el vehículo se frota literalmente con las paredes rocosas del camino, como tratando de no caer en el vacío que se encuentra al otro lado. Y ahí, realmente sin hacerlo consciente, te empezás a manejar por instinto. Y al principio estás paralizado como un animal monitoreado y puesto a pruebas de laboratorio. No sabés adonde correr, ni de dónde agarrarte y esperás a que el resto comience a generar alguna corriente de salvataje. Pero pasa todo tan rápido, unos cinco segundos, que no queda, por lo menos en ese transcurso, más que cerrar los ojos y aferrarse a los posabrazos laterales. Y pensás que ya han pasado varios errores y te acordás de la pinchadura y las tumbitas al costado del camino, y las ramas que se quebraron con el pasar de tantos autos y ahí siguen, desamparando almas en estrepitosas retiradas mentales. ¡Me rindo! gritás a veces, con los ruidos, la velocidad, el chillido de los frenos que, sabés, le faltan líquido y pueden fallar. Y los animales sueltos que siguen cruzándose y el camino tan estrecho, de tierra blanda; y los que se dirigen de regreso, tan rápidos como vos y con luces que encandilan y te dejan ciego en los contornos del mundo. Y nuevamente los golpes metálicos y graves de las rocas contra las paredes y los vidrios del bus. Y después de todo, cuando ya no hay abismo y la carretera se vuelve ancha y segura, seguís intranquilo (incluso más que antes), y estás enojado porque ahora le debés la vida a algún destino bondadoso y pensás que hubieses preferido perecer allí, por lo menos para no tener que agradecerle a ninguna deidad (de esas que te hacen quedar como con cierta deuda eterna). Y te volcás a la merced de lo que no pasó pero que debería haber pasado. Estos momentos aseguran un cambio en tus pensamientos y te movés como por sobre algo prestado, algo que no te pertenece pero que de todas formas lo tienes. Eso, a partir de entonces, pasa a ser tu vida.
Así he regresado a la jungla, desde los maravillosos cielos bolivianos.

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Villamontes (Bolivia) - Camiri (Bolivia)


"Todo lo que escribí me ha pasado alguna vez.
Yo sólo controlo el grado de realidad que quiero que tengan mis palabras"
Ernest Hemingway

En silencio

Jaime supo que el Español iba a morirse pronto cuando lo vió por primera vez. Se despertó temprano en su día libre, dispuesto a terminar varios trabajos pendientes, entre ellos el de revocar con adobe el frente de su rancho. El río y el sol humedecían y resquebrajaban el barro continuamente y la casa debía tener un mantenimiento constante. Acomodó una taza y destapó una cacerola con sopa fría. Eso sí que le era más que consciente: el hambre no se dejaba camuflar. Hacía días que estaba viviendo con las últimas reservas. Pescar en el río ya no era como en otros tiempos. A pesar de faltarle un ojo y un brazo, Jaime se defendía excepcionalmente en el arte de la pesca. Había vivido sin ellos más tiempo que con ellos y podía controlar las redes a la perfección. El problema era que la gente ya no compraba pescados y las aguas del río estaban más turbias y violentas que de costumbre. De hecho, había optado por incorporarse a la flota de recolectores de residuos y transitar casi todos los días las angostas callejuelas del poblado, de ida pendiente arriba y de vuelta en caracol, por los barrios bajos de la planicie. Por lo menos así obtenía una mínima tajada de las regalías que las grandes corporaciones extranjeras brindaban a las comunidades de la selva, tan exquisitamente rica en hidrocarburos. Jaime descubrió al Español cuando se disponía servirse un segundo tazón de caldo y se acercó a la ventana que daba al río para tirar las cabezas de pollo descarnadas. Allí estaba, con el agua a la altura del pecho, casi llegando a la mitad de recorrido entre la orilla y el pedregal del piedemonte. Sus largos cabellos eran negros y estaban empapados de un lodo acuoso, rojizo, tanto como el resto de su atlético cuerpo. Parecía contento y se sumergía con gran habilidad en las oscuras aguas para emerger luego en intrépidas brazadas, quince o veinte metros río abajo.
Jaime se le quedó observando en silencio, atento a cada uno de los movimientos que generaba aquel extraño hombre.
- El río ya le está reconociendo -pensó- Espero no tener que salir rajao a socorrerle.
Estaba realmente resuelto a dar su vida por el visitante. A menudo se convencía inconscientemente de que un desconocido poseía cierto poder (de convocatoria y por temor a lo que no se conoce) dentro de un pueblo tan diminuto como lo era el suyo. Y tantos años había pasado allí mismo, sin recibir nada de sus congéneres, que buscaba conexiones más allá de los márgenes de la comuna.
Hacía más de veinte años, Jaime había formado parte del Pelotón de Muleros Fronterizos y se encargaba a tiempo completo de transportar todo tipo de mercancías clandestinas, desde los pantanales del Brasil hasta las Sierras Hondas de Paraguay y los tupidos montes del Chaco Grande. En aquellos días la vida diaria y cotidiana era un derroche abusivo de energía y debían suplirse de narcóticos para solventar la falta constante de ésta. No era fácil abrir caminos a machete pelado durante noches enteras, esquivando contrabandistas armados y metralletas paramilitares. Estaban, así, gran parte del día bajo los efectos de la cocaína y de la pasta base. Tenían muy poco tiempo para conseguir alimentos y conformaban turnos de recolección. Las mismas cargas explosivas que servían para volar canteras en busca de buenos minerales eran, a su vez, muy recomendables para la pesca masiva; y Jaime, pasado de psicotrópicos, se había enfrentado por última vez a los flujos violentos de un río, sosteniendo un cartucho de dinamita encendido que le fue imposible de controlar. Perdió la pista y su brazo izquierdo voló en pedazos junto con su ojo, el cual las aguas se tragaron como se tragan a las piedras que caen desde lo alto. Ahora le faltaba la cuarta parte de su rostro y uno de sus brazos no sabía nada más allá de su codo.
El Español estaba entero por fuera pero no había tantos como él en el sentido de la falta que arremetían sus pensamientos y sus búsquedas internas. Estaba sólo y recorría largas distancias buscando saciar la sed de su alma. Demasiados problemas había tenido en la vida y se le ocurrió que saliendo a recorrer las vastas extensiones "vírgenes y desconocidas" de Latinoamérica podría resolver algo o descubrir alguna cosa a la que hacerle frente. Y Jaime lo observó atentamente, desde su morada cercana al río, hasta que el hombre abandonó las aguas para perderse en la espesura de la selva.
La plaza del pueblo, arquetipo colonial, impuesto y estandarizado, era un buen lugar para hacer amistades. Ese fue el objetivo del Español cuando cayó la noche y no dudó en hacerse de un cargamento suficiente de bebidas alcohólicas y tabaco para quemar pipas con el que invitar y permitir la apertura de un encuentro oportuno a los habitantes del lugar.
Los primeros en acercarse fueron los maleantes de la feria, todos de altas conciencias y ternuras reprimidas. Robaban cuando podían y lo declaraban con cierto orgullo. Incluso hubo encontronazos recién comenzado el brindis, pues uno de ellos había sido identificado como perpetrador de un hurto cometido al primo de otro, hacía unos días. Después aparecieron la guitarra y algunos instrumentos de percusión. Llegaron los solteros, los machados, los punteros y la mafia. Parecía que todos los excluídos del pueblo, los que viven protejidos bajo las leyes de la selva, se habían congregado como por instinto en la glorieta de la plaza. Y recién cuando la mayoría se convenció de que el hombre extraño era de fiar y convenía estar a su lado, apearse a su bebida y exprimirle hasta el último centavo, pudieron hacer a un lado las diferencias físicas y lingüísticas para volcarse de lleno en intensas declaraciones grupales sobre las problemáticas del ser sometido. Y entre pregones flamencos y chaqueñas pegajosas se deleitaron comparando mezclas mediterráneas con tragos tropicales. Combinaban mangos, picantes y ron; jugos de tamarindo, coco, café y alcohol etílico; aceitunas y papayas; cachaza, caña y chocolate. No faltaban las bananas gigantes ni el pelón hervido en macerado de uvas. Ya a las dos horas, la pequeña reunión improvisada había adquirido las formas de una hermosa fiesta, llena de cantos, colores, abrazos y esperanzas. Y en ese momento llegó Jaime, que se sorprendió al ver al Español que entonaba, vivito como si nada, una guajira colombiana. Lo saludó con cuidado, pues no sabía nada de aquella persona y bien podían salir las cosas media a tirones. Pero el Español no era un mal hombre y parte de su búsqueda era la conexión que podía lograr con los habitantes del lugar. Fue así que apenas Jaime se convenció de que podía entablar una buena comunicación con el recién llegado, se soltó a declararle con cuánta atención lo había estado observando esa mañana en el río.
- Yo miraba como usted se metía al agua y se dejaba llevar por la corriente -le dijo- Yo veía que iba para un lado y luego volvía y se metía de vuelta, de cabeza, entre las rocas... yo estaba atento porque en cualquier momento el río se lo podía llevar y como usted no es de aquí, yo no me distraje por si le pasaba algo.
El Español le escuchaba con atención y soltaba bocados de vez en cuando, buscando alguna que otra respuesta.
¿Es peligroso el río?, ¿Siempre es así de caudaloso?, ¿Se han ahogado muchos por aquí?
Y todas las respuestas se respondían con un sí, claro y todo iba bien.
- El río es hembra y sólo se lleva a los hombres -aseguró Jaime- Juega con usted como hacía hoy ¿vió?. Le juega y le entretiene y usted no se da cuenta de nada, y el río lo busca y lo convence. Si se resiste, le da unos golpes de corriente o se calma de repente como para que usted se atreva a entrar más adentro. O le hace ver una roca muy buena para saltar y abajo se ocultan los remolinos que lo llevan a uno hasta el fondo -.
El Español estaba conmovido. Pocas veces había tenido la oportunidad de incorporarse tan amistosamente a un desconocido y todo el asunto le fascinaba por lo pintoresco que parecía. Alguien le estaba comentando cómo le había seguido los pasos cautelosamente por si a un río con conciencia se le ocurría apropiarse de su persona, y eso no era algo que se escuchase o sintiese todos los días.
- Todos saben que el río es hembra y que es poderoso -continuó el viejo- Hay algo que atrae a las mujeres y las reune cuando él (o ella) está por hacerse de un señor. La gran mayoría de las niñas del pueblo se congregan en la costa y se posan de cuclillas a observar cómo los hombres juegan en las aguas caudalosas hasta que se hunden y desaparecen. Ahorita mismo hay un buscado. Hace más de diez días que están meta dragar el lecho, desde la rompiente del pedregal hasta el salto de la Boca-toma, y no hay caso. Una vez que la Hembra se los lleva, ya no se los encuentra más.
- Pero, ¿nunca se ha ahogado ni una mujer? -preguntó el Español como queriendo encontrar una explicación razonable al asunto-
- No, nunca. -respondió Jaime tajantemente- Desde que llegaron los primeros habitantes aquí, jamás el río se ha llevado a una hembra; ¡y eso que nadan todingas! -.
Entendiendo que ya estaba bastante mareado por la ingesta extravagante, que incluso le pedía más desde su estómago, y como para despejarse un poco de tan increíbles declaraciones, el Español se paró tambaleándose y explicó al gentío tumultoso que iría hasta el mercado a conseguir más bebidas e ingredientes. Uno de ellos, Yor, dejó a un lado la guitarra y se dispuso a acompañarle. En el camino, se aseguró de que nadie los seguía y sacó de su cadera, oculto bajo la ropa, un pistolón recortado algo herrumbrado por el pasar de los años.
- No dude amigo en avisarme si alguno de estos hijos de su puta madre quiere aprovecharse de su buena fé. Aquí las cosas no son como parecen. Todos quieren tener algo y hacen lo que sea por conseguirlo -.
- Ajá... -respondió el Español, atónito por la búsqueda infranqueable de complicidad, tan requerida por todos en aquellas tierras.
Al regreso ya estaba como siempre, con un buen porcentaje de actuación y dramatismo que le permitía moverse con más libertad, usar palabras violentas y hacerse pasar, a su vez, por alguien un poco más subsistente que él mismo.
- ¡Meta, joder! -gritaba inmediatamente si alguien le miraba de reojo, buscando el permiso para servirse un trago.
Y la noche terminó casi sin problemas. Algún que otro altercado, como siempre violento por demás, pero bajo los códigos por todos conocidos. Jaime se despidió al amanecer, improvisando sobre un cante andaluz que el Español ejecutó con audacia en un charango. Habló sobre cómo se siente estar de por vida sometido, de las petroleras, de la basura, de la indiferencia y de los pescados.
Al día siguiente, y siendo fiel a su jornada matutina, el Español se desvistió y tanteó la temperatura del agua con sus dedos flacos. Pensó en seguir río arriba, lejos de la casa del viejo, para poder nadar un poco más relajado. Se perseguía imaginando que quizás, al provocar alguna que otra brazada violenta, Jaime saldría disparado a darle ayuda. Y realmente no quería que se molestáse con tanta actitud para con él, que sabía diferenciar muy bien una leyenda de un peligro verdadero. Además, transformar todo ese entorno de aguas turbulentas, costas rocosas, arenas fláccidas y cielos uniformes en algo mágico, vivo y con decisión propia, le llenaba de satisfacción pues la actividad recreativa de un simple chapuzón se volvía un desafío poderoso entre él y la naturaleza. Entonces recordó que Jaime debía estar rellenando un camión de basura por algún lugar y se sintió liberado de la presión moral que se le generaba cuando alguien lo tenía en cuenta.
El agua estaba exquisita a pesar del barro disuelto y era un gusto más que placentero el pararse firme sobre las arenas del fondo, imponiendo resistencia a las fuertes corrientes que surcaban por entre sus piernas. Estas provocaban un millar de burbujas, acompañadas de su característico gorgoteo ensordecedor; y dejarse llevar de espaldas sobre las aguas, mirando de reojo la vegetación, los márgenes del cauce que no distaban más de cincuenta metros y las crestas rocosas de los alrrededores, era maravilloso. Pensaba en ello como en una máquina capturadora de imágenes móviles, donde sus oídos sumergidos eran testigos de los sonidos del fondo. Y cuando creía que ya había recorrido bastante de esta manera, nadaba con fuerza hacia la orilla, corría por la línea de costa hasta el punto de partida y volvía a meterse a los saltos. Fue un golpe de suerte cuando descubrió que las corrientes cercanas al pedregal estaban más frías que las del resto del cauce. Lo sabía porque un flujo de contraretorno le había bañado con aquellas aguas de las rodillas para abajo. El sol le caía en línea recta y sentía transpirar su rostro a pesar de mojarlo repetidamente. Volvió a salir para dirigirse más atrás, de manera que pudiese llegar nadando a las piedras sin desviarse demasiado, y prestó poca atención al suelo arcilloso de la playa. A cada paso se enterraba hasta las rodillas y le costaba bastante continuar. Se le pasó por la mente la idea de que aquello podía ser el producto del aumento térmico, con el cual el barro se licuaba más velozmente que de costumbre. Entonces regresó al interior del río y decidió nadar desde allí hasta el pedregal. No había hecho ni veinte metros cuando cayó en la cuenta de que sus pies llegaban sin dificultad al fondo firme y llano. Estaba sobre un puente natural, formado seguramente por las óndulas que generaba la corriente turbulenta, de manera que los sedimentos se depositaban a rompiente, creando un pasaje elevado por el que se podía transitar muy bien hasta la corriente fría. Y en el preciso momento en que se le figuraron las palabras del viejo, repitiendo que el río era hembra y se llevaba sólo a los hombres, percibió como si éste hubiese leído sus pensamientos y una pequeña roca solitaria le desgarró la planta del pie derecho. Maldijo este movimiento equivocado y se dispuso a llegar a un montículo de areniscas, cercano a la orilla opuesta. Tenía que hacer mucha fuerza para posicionarse en línea pues, a pesar de hacer pie, el choque de las aguas contra su cuerpo era muy imponente. Miró hacia atrás para calcular qué distancia le resultaría menos trabajosa de atravesar y pudo divisar dos cabecitas que se asomaban por detrás de la ladera y se iban acercando a la costa.
- Son mujeres -pensó- ¡Me cago en la puta mierda! -y un dejo de temor y de vergüenza le provocó un calambre en la pierna herida. El fondo se volvió viscoso de repente y no tuvo más remedio que comenzar a pegar fuertes brazadas para mantenerse a flote. Ya estaba cansado y pesar del miedo y el nudo que ya se le formaba en la garganta, no perdía las esperanzas y hasta el último suspiro no creyó que era el final. Fuera del agua, el paisaje era tan hermoso y tranquilizante como siempre. Se convenció de que si se dejaba llevar por la corriente, podría alcanzar alguna de las ramas que veía se adentraban en el río, llegando a la curva que se formaba más adelante. Pero estuvo a punto de llegar a la arboleda, flotando de espaldas, cuando la dirección de las aguas cambió súbitamente, introduciéndolo a la zona más profunda y arremolinada del curso fangoso. Sus últimas reservas de energía las gastó tratando de no ridiculizarse haciendo un espectáculo torpe e inútil frente a la decena de niñas que observaban de cuclillas, en silencio, desde las orillas del río Hembra.

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Camiri (bolivia) - Charagua (Bolivia) - Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) - Cochabamba (Bolivia)

He descubierto que tengo un indicador interno que me avisa en qué momentos debo cambiar los rumbos. Cuando estoy demasiado tiempo en un lugar y no me queda más que esperar al tren que me saque hacia otro punto de la tierra, se me vienen los barcos y el mar a la cabeza. Comienzo a tener los mismos síntomas que padecía en la ciudad. Se me crea la necesidad feroz de embarcarme y zarpar al mar abierto para permanecer allí durante meses. Entonces caigo en otra crisis y vuelvo a creer en el amor, y las crestas violentas de las olas de mi océano furioso me revuelven hasta dejarme nauseabundo y sin destinos. Y penetro en la tan conocida cápsula de la incertidumbre, donde las cosas se vuelven estáticas y ya no sé si seguir o volver, y de qué manera vivir. Y pienso en Ella y pienso en Ellos. Y pasan las horas y más me doy cuenta de que puedo escribir una sola hoja con la problemática de un pueblo que ya me basta para la totalidad de Latinoamérica. Y me presento ante el ron con tamarindos, que de trago en trago me va aceptando y me resuelve hasta que salgo afuera y camino por la tierra de las calles para terminar en los tugurios de algún mercado clandestino. Y la noche se enmascara de luces y de música, y se abren las cantinas que congregan a la gente, y todos cantan y se entregan a la búsqueda constante de la liberación interna. Así aprendo de sus vidas y así me aceptan, enemistado con el futuro que no quiero tener. Y es de esta manera que puedo pasar la noche, asimilando filosofías e incorporando metas, trocando collares por colmillos de jaguar; teniendo la completa seguridad de que apenas sale el sol, siempre hay un tren que llega y un tren que parte.

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