viernes, 23 de julio de 2010

Prólogo de Marta Morales a mi libro de reciente aparición (Editorial Tropea)"Cómo Raúl Lozza navegó contra la corriente y descubrió el arte concreto":

Marta Morales


Cuando Arturo M. Lozza me pidió que hiciera el prólogo de su libro, acepté sin dudarlo. Escribiría sobre rupturas con el arte tradicional y no hay nada que me apasione más que las vanguardias en todos los campos de la creación. Y de eso se trata su libro, que va más allá de la biografía autorizada de dos Lozza, padre e hijo mayor: es un pedazo de la historia del arte en la Argentina, con pinceladas de la vida cotidiana, de las convulsiones sociales y políticas durante la década del cuarenta, cuando unos jóvenes audaces crean la Asociación de Arte Concreto y realizan obras hoy incorporadas definitivamente a la historia más sustanciosa de la plástica.
Raúl Lozza padre es el artista plástico que logró derrotar con sus concepciones teóricas y con su práctica, en épocas difíciles de post guerra, a una pintura figurativa que se mostraba decadente y estereotipada. Su Arte Concreto nos daba por entonces una lección de modernidad y nos abría la perspectiva de “lo que vendrá”.
Hoy hablamos de matemática y física cuántica, de la curvatura del tiempo, de los quaseres (agujeros negros en el espacio) que modifican al tiempo real, dejando sin efecto esa seguridad de que “dos más dos es cuatro”. Eso ya fue. Raúl nos enseñó a través de sus concepciones científicas en el arte que dos más dos es mas que cuatro, que hay otras métricas, otros sistemas como el binario, ese complejo avistamiento de ceros y unos encolumnados que desfilan velozmente ante nuestra pantalla, cuando hay un error en nuestra computadora. Raúl lo supo en los cuarenta, cuando los chicos desayunaban con Toddy para estar fuertes y aprender las primeras sumas y restas que les enseñaban engoladas maestras de impecable delantal blanco almidonado.
Raúl Lozza fue uno de los fundadores de la Asociación de Arte Concreto en 1945 y ya en su primera obra demostró que, efectivamente, la matemática tradicional era un hecho de pasado remoto. Ahora la ciencia –decía- necesita de los principios de lo cuántico, y en esos principios baso mi arte.
La nueva física cuántica le proponía al artista un mundo donde no existía el determinismo, donde las partículas podían encontrarse en dos lugares al mismo tiempo, donde la identidad de los objetos se creaba con el mismo acto de observación desde lo científico. En lo cuántico no interviene lo subjetivo. No hay emociones que interfieran con lo científico. Eran conceptos difíciles de entender pero que abrían camino a la imaginación científica, mejor dicho, a la estética científica. Ahí estaban los postulados reivindicando al numero Pi en que basaba su pintura. Allí, en esas ecuaciones que se convertían en estructuras y a las cuales aplicaba, dentro de la bidimensión, el color y la forma, Raúl encontró la belleza.
Aportó a la pintura y también a la ciencia con su Teoría Estructural del Color donde muestra que el color es materia y es discontinuo, por lo tanto, varía de acuerdo a su forma y al muro que lo contiene. Y con este criterio, elaboró una escala numerada de colores sobre la base de la “cualimetría”.
También fue absolutamente coherente con sus ideas y así como fue un revolucionario en el arte, también lo fue en la vida social como dirigente de la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos, en su lucha contra la censura y las dictaduras militares, y como miembro de la Comisión de Cultura del Partido Comunista.
Una vez le pregunté por que no evolucionaba con su teoría hacia la tridimensión, Me miró muy serio y me dijo: eso se lo dejo a los jóvenes. En ese momento sentí que había arrojado el guante del desafío. Me pregunto si alguien lo recogerá o si el Arte Concreto seguirá fiel solo a la bidimensión.
Lo recuerdo aún en una de las últimas veces que estuvo en mi casa, con sus noventa y cinco años y saboreando abundante asado. Le preguntó asombrado a su nieto Marcos, mi hijo: “¿Cómo!? ¿Todavía te enseñan la vieja matemática?” Y luego, asombrado por tanto retraso en la educación, siguió hablando de su otra pasión, el cine, y pasamos la tarde recordando con Arturo y Raúl las escenas de The Citizen Kane.
Pero dije que este es un libro de padre e hijo. Arturo mixtura también su propia historia con recuerdos, anécdotas de su infancia y rememora aquellas reuniones de intelectuales, leyendo manifiestos, pronunciándose contra el fascismo, en una burbujeante adhesión al marxismo. Imposible que fuera otra ideología para ese grupo, que festejaba con licores caseros y brindis por revoluciones, vanguardias, búsquedas, amores y traiciones. En esas tertulias de la Asociación de Arte Concreto que cuenta Arturo en su libro, van a desfilar –junto al poeta Vicente Huidobro, a James Joyce y a Guillaume Apollinaire- las figuras fundadoras de la citada Asociación: Edgar Bayley, Antonio Caraduge, Simón Contreras, Manuel Espinosa, Alfredo Hlito, Enio Iommi, Obdulio Landi (en realidad, Obdulio Lozza, hermano de Raúl), Rembrandt V. D. Lozza, Tomás Maldonado (hermano de Edgar Bayley), Alberto Molemberg, Primaldo Mónaco, Oscar Nuñez, Lidy Prati, Jorge Souza y Matilde Werbin (en realidad, Matilde Schmidberg, primera esposa de Raúl Lozza y mamá de Arturo), quien luego sucumbiría ante la transgresora fisonomía y personalidad del poeta Edgar Bayley y con el tiempo, luego de una angustiante separación de Raúl, se convertiría en su esposa. Matilde, casada con Edgar, abandonó la composición dodecafónica para piano y se convirtió en una excelente esposa y madre. Matilde jamás dejó de tocar el piano, incluso lo ejecutaba en los días previos a su muerte. Sabía que yo prefería a Scott Joplin a los viejos tangos y aunque me cansé de llevarle partituras de nuestro rock, jamás le escuche interpretar ninguna. Se deleitaba con Mozart. Aún así era alegre, le brillaban los ojos azules cuando estaba feliz. Le cantaba a su último nieto, Marcos Lozza, algunos temas tradicionales en idish y en francés, mientras movía sus manos, brazos y caderas llenas de energía y vitalidad, que pasados esos instantes supremos de éxtasis, reprimía en el silencio y la inmovilidad por miedo a que la reten por licenciosa. Arturo, Marcos y yo siempre disfrutábamos de Matilde Schmidberg y no soportábamos ningún tipo de represiones hacia la alegría.
Una tarde apareció Matilde por casa, con una bolsa cargada de viejos manteles, los fue desparramando sobre una mesa, eran antiguos y estaban estampados con mil manchas deslucidas. Me quedé mirando ese acertijo de formas extrañas y pregunté ¿cómo quito esas manchas? Matilde abrió sus ojos y me respondió muy seria: “ojo, aquí comió, tomo vino y escribió Oliverio Girondo y las manchas son un recuerdo de los brindis por los manifiestos que se escribían en nuestras tertulias y cuyas copas eran volcadas al fragor del entusiasmo que coronaba su lectura”. Por supuesto, las manchas y los manteles quedaron en mi casa.
El departamento de la antigua calle Cangallo, hoy Teniente General Perón, en esos años testigo de estos hechos que narra Arturo, sucedían en una Buenos Aires desorientada con un incipiente olor a masas populares copando espacios. Arturo nos narra de una ciudad donde se admiraba el estilo europeo, donde los muebles y vestuarios tenían que ser franceses para ser refinados, pero también de una calle Corrientes con aromas a tango y pizza. Eran las épocas donde un joven Osvaldo Pugliese hacía vanguardia en el tango. Arturo Lozza rememora a la ayudante de su casa, la querida Teresa, bailando con la escoba en el lugar donde días antes había nacido el nuevo movimiento pictórico.
En ese Buenos Aires irrumpen las flamantes masas proletarias llegadas desde las provincias, transcurren el arte, las angustias infantiles, el abandono materno, las incomprensiones familiares, la doctrina peronista y el llamado del General Perón a construir un pueblo industrial. Es decir, “la Biblia y el calefón”. Eran épocas de multitudes desplazándose por la ciudad y los suburbios, siguiendo a un líder que sumaba y sumaba gente a su movimiento. Esos provincianos “cabecitas negras”, como empezó a llamarlos despectivamente la clase media, fue arrancada de su cultura y llegaba a la gran ciudad con sus dioses y sus mitos a cuestas, con sus chamamés y chacareras mixturándose con el tango porteño, lo que se añadía a las zarzuelas y tarantelas de quienes habían copado la ciudad primero, los inmigrantes españoles e italianos.
La oligarquía, horrorizada ante tanto abuso del “mal gusto”, se aferraba al academicismo y, a la vez, afincaba en la zona norte, lejos de la contaminación de los olores de frituras y “sapukays”, esos gritos del obrajero del monte que ahora retumbaban a pocas cuadras del Obelisco.
En ese ámbito sigue creciendo Arturo Lozza, acompañado por una figura que descubrirán en el libro, el fantasma Benito, y por su gran afecto, el tio Rembrandt Lozza, intelectual, músico y bohemio, cómplices en la vida, asiduos visitantes de los cines de la calle Corrientes, de noches interminables de confidencias y de quién Arturo hoy conserva una vieja flauta atada con banditas y trozos de cinta scotch.
Arturo creció escuchando como Raúl Lozza teorizaba sobre las rupturas con el arte tradicional, mientras servía licores, productos también de su invención. ¿Habrá aplicado la química cuántica en la preparación de sus alquimias bebibles? Mientras tanto, el fantasma Benito festejaba las trasgresiones generando rarísimos ruidos.
¿Qué es el arte concreto?, se habrá preguntado Arturo desde su escasos años de vida. En esos recintos escuchó definiciones sobre arte que, seguramente, marcaron su ideología futura. Cada pintura concreta -explicaba Lozza- podía ser multiplicada, reproducida cuantas veces se quisiera y modificarse mediante la aplicación de las leyes de la naturaleza y de los números. Con esta propuesta, Raúl arrasaba también con las reglas del mercado, con los precios de la obra de arte…
Es decir, estamos ante una vanguardia que no solo aspiraba a la apertura de nuevos horizontes en el arte pictórico, sino también en lo político. Casi todos los integrantes de la Asociación de Arte Concreto–Invención que nació en ese recinto de la calle Cangallo, domicilio de Raúl y Arturo Lozza- tenían una formación marxista. Y resulta verdaderamente apasionante descubrir los contenidos de aquellos debates en la década del 40 donde participaban pintores, poetas y músicos embarcados en una lucha frontal contra las concepciones conservadoras del academicismo.
Estamos pues ante una obra que Arturo supo plasmar de manera absolutamente original, con elementos históricos inéditos surgidos de una investigación facilitada por el propio Raúl Lozza mientras estuvo en vida. Invito entonces a los lectores a introducirnos de lleno en esta historia.

Marta Morales

jueves, 22 de julio de 2010

LA VENGANZA DE LOS CULPABLES


Por Arturo M. Lozza

Mientras el “gatillo fácil” continúa asesinando niños, legisladores han dado media sanción a un proyecto de ley que baja a 14 años la edad de la imputabilidad. Así, bajo el manto del miedo, se intenta una vez más victimizar a las víctimas.



Cuando a Elías Neuman, el más renombrado jurista penal del país, se le preguntó qué opinaba acerca de bajar la edad de imputabilidad a los menores que delinquen, respondió tajante:
“Todo esto tiene tufillo de venganza, no de justicia. Ningún criminólogo del país va a decir que, si las penas son mas duras, la delincuencia va a disminuir. Lo que hace que la delincuencia disminuya son medidas sociopolíticas, como el pleno empleo”.
El tufo a venganza, obviamente, es el que se desprende de una sociedad dominante, de mentalidad pacata, que se niega a ver más allá de sus narices las causas de la delincuencia juvenil, que irradia miedos a borbotones y exige más y más represión. Es la venganza de los que viven en la burbuja de un sistema tan caduco pero, para ellos, tan intocable. No es, pues, la venganza de los inocentes sino la de los culpables que, además, tienen sus representantes en el Congreso, lugar donde se dio media sanción en el Senado a un proyecto de ley que propone bajar la edad de imputabilidad de 16 a 14 años. De aprobarse, se mandará a las escuelas de la delincuencia –las prisiones- a nuevos contingentes de purretes cada vez más jóvenes. Todo en nombre de la “seguridad”.
“Hablamos de inseguridad social y la hay y es terrible –nos dice Elías Neuman- pero es la inseguridad social de la clase media y alta. La de la clase de abajo también habría que analizarla y esa también se tendría que llamar inseguridad social, ya que cuando decimos hambre, estado de subnutrición, falta de trabajo, todo eso también significa inseguridad”.
Y Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz, increpa: ¿Por qué no hablamos de la inseguridad de los niños y adolescentes? Porque, en la realidad, los jóvenes en la pobreza son el blanco preferido de los represores con uniforme Veamos:
El informe, el décimo cuarto elaborado por la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional, indica que en los primeros diez meses de 2009 se registraron 269 muertes y que “policías, gendarmes, prefectos, servicios penitenciarios y vigiladores privados nos mataron 2.826 chicos desde el 10 de diciembre de 1983 hasta hoy”. El 51% cayó víctima del “gatillo fácil” y el 33% murió en cárcel, comisaría o bajo custodia.
En la madrugada del 17 de junio último, en el asentamiento Alto de Bariloche –el más humilde barrio de la zona- un cabo de la Comisaría 28 asesinó a Diego Alexandre Bonefoi: el balazo del “gatillo fácil” le atravesó la cabeza. El estallido de indignación de la población fue reprimido con similar saña y hubo más muertes y heridos. La venganza se cobraba así más víctimas, quizás las que superan el número de 3.000.
Pero si tenemos que hablar de la inseguridad de los jóvenes pobres debemos agregar otros datos:
-Hay cientos de chicos secuestrados, violados, desaparecidos y los culpables en su mayoría se encuentran en libertad con impunidad.
-Hay 20.000 menores al año que mueren anualmente por complicaciones derivadas de la desnutrición.
-Había 19.579 niños, niñas y jóvenes de hasta 21 años de edad privados de libertad en todo el país en 2006, pero la cifra total real sería entre 25 y 40% mayor, según reconoció Victoria Martínez, directora nacional de Derechos de Personas y Grupos Vulnerables de la Secretaría de Derechos Humanos. La mayor parte de estos Institutos de encierro o internación distan de ser los ideales para una reeducación e inclusión social de los chicos.
-Hay todavía millones de chicos que se crían en la pobreza y marginalidad, que no cubren necesidades básicas y viven en precariedad, chicos que por ser hijos de desocupados –en dos, tres o cuatro generaciones- desconocen la cultura del trabajo.
-Hay trabajo infantil ilegal, explotación, en las urbes y en el campo. La mendicidad la vemos a diario: recolección de residuos en la vía pública (cirujeo); venta ambulante; reparto de estampitas en medios de transporte; venta de productos o flores en bares y restaurantes; acompañantes de adultos que venden o mendigan en transportes o en la calle; el realizado en empresas; microempresas o subsidiariamente en grandes empresas; el trabajo doméstico en hogares de terceros o en el propio en ausencia del los padres en forma habitual; la explotación sexual con fines comerciales, la pornografía y el turismo sexual; tráfico de drogas; servicios a automovilistas en la vía pública (limpia vidrios, abre puertas, malabaristas, etc.); lustrabotas…
De estas cosas no hablan los campeones de la “seguridad”, su discurso es otro, el de elevar la edad de la imputabilidad o el de la purificación por plomo. Un ejemplo de ese vocabulario: el 17 de mayo, el Tribunal Criminal nº 1 de Bahía Blanca anunció la absolución del policía que asesinó a un joven. Su defensor, un abogado muy caro, lanzó todo el odio de las clases altas en su grito de victoria: "Si no era absuelto, las ochenta tribus urbanas que aguardaban un fallo condenatorio hubieran tenido piedra libre para asolar, más aún de lo que ya lo están haciendo, a la ciudad. La Policía está harta de ser convocada para detener a quienes los jueces de Garantías, que actúan con total impunidad, luego no tienen empacho en poner en libertad para que vuelvan a delinquir".
Sin embargo, este discurso represor irracional esconde una verdad: detrás de la delincuencia juvenil existe un sistema de reclutamiento de menores para el financiamiento ilegal de la policía. Y para que esa delincuencia le sea rentable a la caja policial, la “Justicia” debe hacer la vista gorda cuando el contubernio se denuncia.
Un estudio de la Asociación Judicial Bonaerense señala que en el departamento judicial de La Plata, al menos veintiséis Investigaciones Penales Preparatorias (IPP) en la que se constata hostigamiento policial a menores y se denuncia su reclutamiento para delinquir en zonas liberadas, 19 de ellas están empantanadas.
Si bien los delitos juveniles existen –agrega la investigación-, la promoción del miedo social para endurecer las leyes o ganar discrecionalidad policial, también. Contrariamente a la construcción mediática y a su representación inducida en el imaginario colectivo, las ultimas estadísticas de la Procuración de la Corte de la provincia de Buenos Aires sugieren que la participación juvenil en el delito dista de ser significativa respecto de las cifras globales: de los 337.977 delitos denunciados en el primer semestre de 2009, solo 13.728 (4%) fueron cometidos por menores de edad. De esos 13.728 delitos, la mayoría son robos a la propiedad, y solo 141 son homicidios, es decir un 1.02% de los delitos denunciados contra menores. Además, no son los chicos los que están detrás de los desarmaderos, ni de ninguna red de narcotráfico, ni detrás de los grupos económicos que se enriquecen a costa del hambre que es un crimen. Es posible que sí lo estén, en cambio, muchos de los poderosos que impulsan el proyecto en cuestión.
El 18 de mayo un amplio espectro de organizaciones sociales, gremiales, de derechos humanos y políticas, entre ellas la CTA, junto a cientos de niños y jóvenes, realizaron una audiencia pública en el Anexo de la Cámara de Diputados de la Nación en rechazo al articulado del proyecto de ley que establece la baja de la edad de imputabilidad para adolescentes y que posee la aprobación del Senado de la Nación. En dicha audiencia se fundamentó la negativa a la baja de imputabilidad, porque –se sostuvo- “la gran mayoría de los niños, adolescentes o jóvenes que comete un delito poseen historias de vidas marcadas por la vulneración de sus derechos. Por lo tanto, nos parece hipócrita reconocer rápidamente a un pibe como victimario, y al mismo tiempo, desconocer la responsabilidad de una sociedad que lo victimiza”.
El documento añade algo que es fundamental: “Sabemos que la única respuesta real es el achicamiento de la brecha de desigualdad social y una real distribución de la riqueza”. El proyecto va en dirección opuesta, es más de lo mismo a la hora de criminalizar la pobreza y judicializar a esa juventud a la que la sociedad le ha cerrado las puertas de la inclusión.
“Esos pibes son los que hoy muchas veces no tienen esperanza, no tienen proyecto de vida y a esos pibes es a los que hoy se los quiere penalizar”, sostuvo la dirigente de la CTA bonaerense y diputada nacional Inés Farina. En esta concepción represora, lamentablemente, está embarcada la gestión del gobernador Daniel Scioli.
Precisamente, el último informe del Observatorio de las Naciones Unidas sobre Derechos Humanos, ha expresado “la gran preocupación por el elevado número de denuncias en la provincia de Buenos Aires (120 registradas entre 2007 y 2009) por delitos contra menores cometidos por la policía y otras fuerzas del orden”. Y en esa dirección ejemplifica con el caso de desaparición forzada del niño Luciano Arruga durante su detención policial en enero de 2009, e interroga el por qué la investigación de las denuncias no se puso en marcha con prontitud.
Por esta senda, por la de elevar aquellas medidas que fortalecen la impunidad de un aparato represivo todavía en buena medida con orientación autoritaria, coimera, corrupta y conservadora, lo único que se logra es consolidar una modelo de sociedad orientada contra la pobreza y sus protestas. Esto va a contramano de medidas positivas, por ejemplo, la asignación universal para los pibes de bajos recursos que permitió que este año se eleve la matrícula escolar en un 25%.
Es justamente porque en la provincia de Buenos Aires se va a contramano, un amplio abanico de personalidades y organizaciones sociales, entre ellas la CTA, se presentó públicamente en La Plata en junio último para dar a conocer el “Acuerdo para la Seguridad Democrática”, y plantear “otro paradigma para pensar la seguridad”. Un paradigma que contemple la democratización de las fuerzas de seguridad, el rechazo a los discursos de mano dura, la implementación de políticas que no criminalicen la pobreza y frenar las modificaciones legislativas orientadas a criminalizar la pobreza, la protesta social y la estigmatización de jóvenes y niños en situación de riesgo, impulsando en su lugar iniciativas orientadas a la inclusión social y la igualdad de oportunidades para todos los sectores de la población

El deshábitat

Desde las profundidades sociales de urbes y regiones castigadas por las leyes del mercado y convertidas en deshábitats, van emergiendo las nuevas formas que pelean por vivienda y por un hábitat de dignidad, solidaridad y justicia.

Por Arturo M. Lozza

El hábitat del ser humano tendría que ser el espacio que reúne las condiciones adecuadas en todos los ámbitos, desde los físicos hasta los culturales y sanitarios, para que la especie pueda residir y reproducirse, perpetuando su presencia. Pero desde hace mucho, por efectos del negocio inmobiliario, de las profundas desigualdades e injusticias sociales, por la contaminación que emana de las entrañas del capitalismo, y por tantos otros factores, ese hábitat ideal para la residencia y perpetuación de la especie humana se ha convertido en un deshábitat donde imperan las leyes del mercado y no las de la naturaleza y la solidaridad.
El deshábitat es el mayor escenario de las diferencias de clase. De un lado aparecen rascacielos, latifundios, estancias y lujos del poder dominante, y más allá, en la otra punta, circundando al privilegiado suelo de los dominadores, se desparraman las miserias, hacinamientos, veredas, portones y bajopuentes convertidos en vivienda, hay inmuebles tomados por ocupantes desesperados, conventillos, ranchos de antiguos moradores de los montes arrasados por la mecánica destructora de la soja, construcciones precarias que no soportan los temblores de la tierra, habitáculos que se desploman por el lodo, las lluvias y los ríos desbordados, montones de hijos entre basurales, una minería a cielo abierto que aplana montañas y expande el cianuro por las vertientes…Y entre medios, las habitaciones de comerciantes y profesionales, los barrios de viviendas autoconstruídas o donde reina el negocio inmobiliario, con precios del suelo urbano que son inalcanzables para el trabajador, y con locaciones que exigen más de un salario mínimo para sobrellevarlo.
Los dominadores del desábitat han cambiado el clima, han exterminado bosques, han dañado la capa de ozono, acumulan una deuda climática millonaria porque su proceso de industrialización irracional generó el 75% de los gases que causan el recalentamiento del planeta. Estos son los paisajes del capitalismo, los del deshábitat.
Crecen los vacíos regionales y, por el contrario, se eleva la cantidad de habitantes en las grandes urbes. El 80% de la población latinoamericana vive en ciudades -el doble que en los años cincuenta- y como consecuencia aumenta la vulnerabilidad urbana y habitacional ante eventos y amenazas naturales. En el desábitat latinoamericano el 55% de los pobladores viven su privacidad en casas precarias y la pobreza urbana alcanza al 43% de la población: 18% en situación de indigencia, y 7 de cada 10 empleos son informales. Es cada vez más amplia brecha entre ricos y pobres.
América Latina necesita unas 40 millones de viviendas para cubrir el déficit en este sector, según Ricardo Jordán, representante de la División de Asentamientos Humanos y Desarrollo Sostenible de la CEPAL. Sin embargo –añade- el déficit cualitativo en vivienda "es mucho peor" que el cuantitativo porque 128 millones de personas tienen casa, pero con débil infraestructura y sin servicios básicos ni legalidad en la posesión.
¿Cuál es la situación de Argentina? Según el censo de 2001, una de cada tres familias tiene graves problemas habitacionales, hay 500.000 viviendas irrecuperables, 1.650.000 en condiciones precarias, 900.000 familias que viven en condiciones de hacinamiento. Los conventillos en La Boca, San Telmo, Constitución, Barracas y otras zonas de la ciudad de Buenos Aires son un botón de muestra.
Si hace unas décadas no tener la casa propia en condiciones dignas de habitabilidad era un problema privativo de los sectores populares bajos, hoy afecta también a los sectores medios que ven dificultado su acceso a las viviendas alquiladas y al crédito, áreas hegemonizadas por un mercado inmobiliario orientado a las capas más enriquecidas de la sociedad.
El esquema mercantilista afecta sobre todo a los jóvenes que tanto en el conurbano como en las provincias, ante la falta de viviendas cuando forman una pareja o ya tienen hijos, realizan las tomas de tierras fiscales o de edificios abandonados para convertirlos en asentamientos precarios. En esta pelea por hacer valer derechos humanos, estos ocupantes ejercen el derecho a la ciudad.
Y aquí empecemos a señalar lo maravilloso. Maravilloso es que desde las entrañas sociales de ese deshábitat, emerge la dignidad del hombre que reivindica al hábitat y se expresa en la lucha por conquistar el derecho a la tierra y al suelo para la vivienda digna en la ciudad. Nacen cooperativas y experiencias autogestionarias colectivas; cuando con la crisis los barrios periféricos fueron cementerios de empresas, los obreros ocuparon espacios y crearon el movimiento de fábricas recuperadas; y cuando las mineras empezaron a envenenar el medio ambiente, surgieron las peleas en defensa del hábitat en Esquel, Andalgalá, San Juan, Neuquén y La Rioja que, en esencia, son todas experiencias de tipo socialista y partes del nuevo momento que vive América latina.
Ese momento, en escala mayor, lo acabamos de vivir en Cochabamba este abril, donde las organizaciones sociales, obreras y campesinas, en la Conferencia Mundial Alternativa sobre Cambio Climático que convocó el presidente de Bolivia, Evo Morales, levantaron una frontal propuesta contra el modelo de desarrollo capitalista.
Si, compañero del deshábitat, vivir este momento es algo apasionante, más allá de las pelotudeces que impide tantas veces que nos conozcamos mejor unos a otros. Cuando eso suceda, conquistaremos el hábitat. Sin dudas.

Negocios en la CABA

El macrismo es un gran operador del comercio inmobiliario. En su visión, el suelo es la base de grandes negocios y su práctica respecto de los sin techo es expulsiva. Este accionar se ve en la práctica cuando se decide desalojar a 500 familias que se ubicaron frente a la Villa 21 para destinar el terreno a la Unión Industrial Argentina.
En la ciudad de Buenos Aires, el presupuesto para viviendas pasó de 500 millones a 120: alcanza sólo para financiar al personal de planta del área. La opción es seguir mandando a la gente a hoteles e inquilinatos miserables por unos meses, y después a la calle.
Se asiste al vaciamiento presupuestario del Instituto de la Vivienda; al vaciamiento de la Ley 341 que había probado un grado de eficacia y de participación en la toma de decisiones en torno a la situación de vivienda de la Ciudad.
Hoy tenemos 150.000 familias en la CABA que ocupan edificios abandonados. El universo crítico es de 600.000 personas que viven en ocupaciones, en villas miserias y en inquilinatos. Otras miles de familias de sectores medios están afectados por la valorización del suelo urbano y la inaccesibilidad al costo de las locaciones. Es la consecuencia de la ley de mercado.
Según el Movimiento de Ocupantes e Inquilinos (MOI) y de datos oficiales fragmentarios, se han estado desalojando un mínimo de 5 mil familias por año (2007, 2008, 2009), son por lo menos 15.000 familias en tres años, toda una sangría social, han sido expulsados al segundo o tercer cordón del Gran Buenos Aires o a sus provincias de origen. No hay nada en contra de vivir en esos lugares, son familias que han sido expulsadas de su lugar natural, cosa que es uno de los reclamos básicos de la pelea por los derechos a la vivienda, que es la posibilidad de vivir en el lugar donde uno tiene construidos sus vínculos familiares, sociales, donde los pibes que van al colegio, donde está el comedor que los asiste, donde está la red que lo contiene.

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No solo del techo vivimos

Reportaje a Nestor Jeifetz, titular del Movimiento de Ocupantes e Inquilinos (MOI)


-¿Cómo encarar la pelea por la vivienda?

- Como el hábitat implica una noción de integralidad, nosotros no planteamos políticas techistas, aunque luchamos por el techo, sino que hablamos de políticas de hábitat. Y la pelea por la vivienda, es parte de ella, arranca desde una noción colectiva, y si no es colectiva no arranca desde ningún lado. Aquellas medidas que encuadran desde la lógica de la acumulación de capital, pasaron las décadas, y no han aportado soluciones integrales. Porque la problemática popular es así solo una excusa para la ganancia empresarial. Cuando planteamos el tema autogestionario es, entre otras cosas, plantear que nuestro pueblo tiene las capacidades de sobra para materializar el hábitat en el marco de contenidos de trasformación. Puerto Madero lo construyó nuestra gente con la intervención de un Estado que le regaló y que sigue subsidiando estructuralmente una herramienta estratégica como es el suelo urbano. Puerto Madero se hizo sobre la base de transferir al capital inmobiliario concentrado el suelo de mayor centralidad que, supuestamente, es patrimonio de todo el pueblo. El que produce Puerto Madero, sin embargo, es el que vive en la 31, en los hoteles o en inquilinatos o edificios ocupados. Esas son las fuerzas del trabajo explotadas por el capital inmobiliario con la complicidad del Estado. Y Puerto Madero, que lo levantaron los pobres con su fuerza laboral, ha sido destinado a los ricos. Cuando peleamos por la vivienda, jamás dejamos de señalar esta injusticia social.

-El MOI propone la autogestión colectiva. ¿Cual es el concepto de autogestión?

-Estamos planteando ante la Legislatura la creación de un marco autogestiónario de hábitat. Veamos: por un lado hay producción empresarial, por otro lado hay o tendría que haber producción estatal y que los trabajadores de la construcción se trasformen en empresa de construcción del Estado como fue Vialidad, donde la lógica no sea la ganancia; y en los términos de producción social de hábitat hay dos líneas, una es la línea espontánea de la autoconstrucción -que sigue siendo eje de construcción de pedazos de ciudad en toda Latinoamérica-, y la otra línea que es la autogestión, Cuando decimos autogestión no hablamos de espontaneidad, sino de recursos en manos del pueblo organizado, que definen las organizaciones populares, que generan nuevas relaciones sociales de producción. La autogestión no es ni autismo, ni autoconstrucción, debe ser una política de Estado que trasfiere recursos financieros o físicos a las organizaciones populares. Así como se ha dado al capital inmobiliario concentrado los terrenos de Puerto Madero, debería entregar suelos e inmuebles a las organizaciones sociales para, a partir de allí producir el hábitat, que no solo es el techo de la privacidad, sino lo que hace a toda la vida cotidiana social. No hay hábitat sin ámbitos públicos, sin educación, salud, recreación. Hábitat es la integralidad de la vida cotidiana de la población.

-Con la autogestión colectiva están planteando un cambio de fondo…

-… es que el tema autogestionario implica un proceso de trasformación de la lógica del Estado y, para nosotros, está absolutamente inserto en un horizonte de construcción socialista. Empresas de trabajadores del Estado y empresas cooperativas populares son dos ejes básicos de la construcción de una sociedad en manos del pueblo y no del capital concentrado. La autogestión es una lucha por el manejo de recursos, para que nuestra gente sea parte de todo el proceso desde la decisión hasta la puesta final. Es la lucha por el derecho a la ciudad. Precisamente,
el MOI nace del fenómeno de ocupaciones de edificios. Así como existe la ocupación de la tierra, también existen miles de familias que han decidido ocupar espacios de urbe, es el derecho a vivir en la ciudad.

-Acabas de llegar de una reunión internacional de movimientos sociales, ¿de qué se trata?

-Retornamos de una reunión de movimientos sociales en la perspectiva del ALBA y lo que acordamos es avanzar para marzo próximo a una plataforma común de movimientos sociales sobre la base de una construcción anticapitalista, antiimperialista y con un horizonte socialista. Esa perspectiva incorpora la vida urbana junto con el derecho a la tierra, Esa plataforma continental tiene que tener como componentes básicos la vía campesina por el derecho a la tierra, la vía urbana por el derecho a la ciudad, y la lucha del movimiento obrero por sus derechos. Hay en América latina una etapa de trasformación que en muchos casos está pasando la faz del progresismo. Fuimos capaces de construir un escenario de enorme cantidad de experiencias autogestionarias que están marcando un rumbo estratégico, como los movimientos de fábricas recuperadas, como el movimiento de bachilleratos populares que nacieron junto al movimiento de fábricas recuperadas impulsados en una noción de integralidad del hábitat, tenemos cooperativas que se han dado a la tarea de tomar al hábitat en sus manos y no ser meros intermediarios de las empresas privadas. Todo esto marca nuevos momentos y tenemos que afianzar y profundizar este proceso.

A.M.L

mi perfil


Lectura para curiosos que quieren saber quién soy.

Aterricé en un blog, aquí estoy.



Acumulé años, hijos, nietos y rendí exámenes,

llevo escritos millones de papeles,

divulgué noticias en morse, en las viejas telex y no me rendí a las computadoras,

pude reportear a presidentes y cirujas,

hablé con Fidel y con el Chicho,

incursioné por clandestinos parajes de guerrilla en el Chile del Pinochet,

estuve en Nicaragua, Cuba y en la frontera ruso-china con los cañones alertas,

caminé Praga, Berlín, Madrid, París y Roma, como se estila,

y escribí artículos y libros que no quiero volver a ver.

Pero nadie me quita Siberia, las penínsulas árticas de cristal y el río Yenisei helado transitado en viejo bus,

Viví semanas en poblados de madera con cazadores neneitses y nanaitces

en la región de Ussuri donde osos y tigres reinaban hace tiempo.

Pasé niñez y adolescencia a tres cuadras del Obelisco y también en un monte de algarrobas en Los Juríes,

sitio de charatas y quishcaloros,

quiero decir, maticé mi urbanismo con espasmos vegetales

y al parecer encontré la síntesis.

Quizás por eso escapo de cierta gente,

por eso planto árboles y jardines,

hago asados,

y degusto los gustos múltiples de la naturaleza,

del quesillo de cabra, por supuesto.

Crucé treinta y tres veces el Delta del Paraná,

hasta dirigí revistas de cocina en cada orilla.

Practiqué lucha de ideas y escribí algunos libros al respecto.

También edité a otros, al Che, Fonseca y Puigjané.

Salvé el pellejo en dictaduras.

Insaciable, me interné por las irresponsables audacias que me llevaron a otros cielos,

a paisajes muy tortuosos,

a ciudades y montes cargados de ansiedades, de ardientes esperanzas.

Y con tanta carga encima, luciendo curtida y desprolija barba en canas,

aquí estoy…

De repente, y siempre de repente, como un pánico,

emerge la ansiedad, pretendo estallidos,

disturbios que sacudan conformismos.

¿Quién me incita a zamarrear mediocres,

a patearle el culo al resignado?

…Symns coloca su imagen en mis lentes,

da tres toquecitos en mi cabeza y digo:

bien valen las opciones del tal Symns.

Lo recuerdo bien a Enrique Symns,

absorto,

de caminar lento,

indiferente a la idiotez,

enchufado en sobretodo negro,

trayendo sus escritos y presagios.

Lo conocí en la redacción de Sur y nos decía:

“Todos los días nos vemos obligados a escoger entre ser el guerrero-pirata-loco-extraterrestre, o ser el lamemocos-que solo quiere casarse-escribir el libro-alquilar el depto-comprar marihuana para llenar de escombros su vacío.

“Es más cómodo viajar en silla de ruedas sobre las autopistas de las emociones controladas.

“Es más cómodo que andar rengueando por caminos desconocidos.

“Es más cómodo internarse en el asilo de las costumbres que seguir recorriendo nuestro miedo a la oscuridad”.

Y yo estacioné ahí, precisamente.

Aterrado veo.

Veo que antes de subir a la barranca

hay un floripondio que me observa,

tiene hojas muy grandes, muy verdes,

flores gordas suspendidas de un hilo que se alarga.

Huelen redondo esas flores,

me mueven sus caderas,

suplican danzando que las tome,

que las absorba hasta el hartazgo del goce sin retorno.

Pero no, no ha llegado aún ese momento,

debo seguir andando por el miedo

aferrado al sentir de las palabras.



A 50 años de periodismo, una reflexión

Por Arturo M. Lozza

Hace cincuenta años comencé mi militancia en la prensa del Partido Comunista. Fue en el diario “La Hora” y en la sección de expedición. Es decir, mi periodismo se inició haciendo paquetes y preparando los despachos por el ferrocarril a más de un centenar de ciudades y pueblos de todo el país. “La Hora” debía llegar rápidamente a todos los compañeros y a las distribuidoras comerciales. Tuve de maestros a dos extraordinarios compañeros ya desaparecidos: en la redacción estaba Rómulo Marini, y en la expedición y difusión el eficiente y práctico Juan “Pedrito” Grosso. Tampoco olvido que pocos meses después, precisamente el día de mi cumpleaños, llegaron los carros de asalto de la policía y clausuraron la redacción, que estaba en la calle Carlos Calvo, a pocas cuadras del Comité Central. El gobierno de Arturo Frondizi iba llegando a su fin y se inauguraba otro período de golpes y contragolpes de Estado, una dictadura tras otra, a la vez que se desataban luchas sociales de envergadura. Entrábamos en años de más represión, de ilegalidad para los comunistas. Y teníamos una mística, una especie de consigna que nos movilizaba: no debía pasar una semana, siquiera, sin que la palabra escrita de los comunistas estuviera presente. No era cosa sencilla de resolver. Nos habían cerrado las puertas de las imprentas y de la distribución en los kioscos, pero el Partido aceitaba sus mecanismos para sortear las barreras de la represión, abrimos imprentas y “buzones” clandestinos, toda una red que burló durante años la persecución policial. Jamás pudieron hallar los represores el lugar adonde imprimíamos el semanario de los comunistas. Peleábamos por abrir las puertas de la legalidad, editábamos durante algún breve tiempo un periódico “legal” que distribuíamos en los kioscos y entre los compañeros a través de “buzones”, y cuando la policía nos clausuraba, insistíamos con otro periódico al que le cambiábamos el nombre. Así editamos, por ejemplo, “Pueblo Unido”, o “Soluciones” y otros. Pero la cerrazón se hizo definitiva, llegaron los nuevos tiempos de cárceles y allanamientos en las casas de los compañeros. Mirábamos para atrás al caminar para comprobar que nadie nos siguiera, los difusores entregaban el periódico en sobre cerrado y teníamos redacciones en lugares insólitos y conocidos por muy pocos. Recuerdo uno en la calle Esmeralda entre Sarmiento y Corrientes, Ciudad de Buenos Aires, a dos cuadras del Obelisco, casona propiedad de una anciana que, envuelta en trapos viejos, desvariaba y vivía sola rodeada de decenas y decenas de gatos. El olor a orina gatuna se hacía por momentos insoportable. Desde esos ámbitos, pues, emergían nuestras convocatorias antidictatoriales y antiimperialistas. Llegaban a nosotros las experiencias del Che y de la Revolución Cubana, eso nos daba fortaleza, nos entusiasmaba. Una de mis mayores experiencias las hice siendo integrante de la revista “Che” que editábamos junto a los socialistas, también clausurada por los militares. Fue en esos días que participé de la primera edición en Argentina de una obra de Ernesto Che Guevara: fue su gran discurso en la reunión de Punta del Este. Imprimimos miles de ejemplares que se agotaron rápidamente. Pues bien, no es propósito mío solo recordar tiempos pasados –pues bien podría hacerse un libro con todas nuestras andanzas-, sino hacer algunas reflexiones o compartir con mis compañeros preocupaciones en cuestiones que hacen a la divulgación de nuestras concepciones, después de cincuenta años sin interrupciones con el periodismo clasista y la edición de libros. De ninguna manera voy a caer en el lugar común de decir que “todo tiempo pasado fue mejor”, por el contrario, creo que en materia de estilos de redacción, salvo excepcionalidades, nuestro periodismo actual, con todas sus falencias, es mejor que aquel estereotipado mecanismo de frases hechas repetidas en artículos que debían terminar siempre con una exhortación archisabida. Pero sí, en cambio, quiero apuntar que las nuevas técnicas de la comunicación nos han apabullado. Si bien hace cincuenta años existía una dominación de la prensa y radiodifusión de la burguesía, actualmente esa supremacía se ha multiplicado varias veces. Nosotros, por el contrario, hemos sido incapaces de trazar en todos estos años una estrategia de la comunicación con respaldo presupuestario suficiente. El enemigo si tuvo su estrategia, convirtió a la comunicación en un elemento básico de dominación en la batalla cultural por las ideas. Es tan mayúsculo su predominio que hoy no podemos conformarnos con tener alguna que otra radioemisora, un semanario, un sitio web y agencias que nos surtan de abundante y buena información. Avanzamos, por supuesto, pero lo que hicimos resulta absolutamente insuficiente. La nueva etapa exige más audacia y romper esquemas. En primer lugar, la estrategia comunicacional debe fundamentarse en considerar a cada militante como un comunicador, considerarlo y prepararlo como un combatiente en la lucha de ideas. Y partiendo de ese precepto fundamental, tenemos que pensar que cualquier movimiento de masas u organización del campo popular es inconcebible sin la existencia de un vocero periodístico en el propio lugar de referencia, un vocero con el protagonismo y la participación del mayor caudal de compañeros del lugar y que, a la vez de abordar la temática nacional e internacional del momento, plantee sobre todo las cuestiones locales. Ese localismo y ese protagonismo popular harán que esa comunicación adquiera el carácter universal en cuanto a ideas. Cada militante tendría que ser un gran debatidor de ideas, saber cómo difundirlas de manera eficaz y esforzarse por parir ese medio en su propio entorno: he ahí una actividad primaria en todo organismo básico. Una estrategia de la comunicación de ideas debe considerar el hacer escuela en tal sentido, en cada territorio y en cada empresa. Tenemos que abrir talleres adonde difundir la práctica de la elaboración de medios de difusión. Repito, tenemos excelentes agencias noticiosas que nos surten de la información minuto a minuto. Lo que nos falta es que ese material llegue “abajo”, allá adonde hace estragos la cultura global del neoliberalismo y la estupidez que lleva al conformismo. La construcción de esos mecanismos para lanzarnos a la lucha de ideas es una cuestión de todos, no solo de un “responsable”. La estrategia deberá trazarse a través de una gran convocatoria donde participe y opine el conjunto de la militancia. Debermos impulsar las iniciativas y las ocurrencias creadoras que emergen del entusiasmo y la mística de la liberación. Y esta decisión política –opino- debería ser prioritaria, repito, prioritaria, en los tiempos que vivimos. Si nos atrevemos a lanzar la estrategia de multiplicar medios de difusión en cada rincón del país impulsando esa mística y esa participación, podremos construir el edificio sólido de las ideas que nos llevarán al objetivo. En fin, en estos cincuenta años de periodismo si hay algo que no acepto es la rutina. La rutina no nos ayuda a elaborar, a crear, a tener iniciativas y a construir con participación para crecer.

martes, 20 de julio de 2010

Medicinas hasta para los sanos, siempre que paguen.

Medicinas hasta para los sanos, siempre que paguen.

Dolorosas aspirinas

Por Arturo M. Lozza

En Argentina las trasnacionales de los medicamentos imponen cláusulas de dependencia. La Red de Laboratorios Públicos puede ser una poderosa herramienta para ponerle límites.

Los medicamentos son tan antiguos como la aparición misma del hombre, En un principio fueron elementos naturales surgidos de la naturaleza, pero en 1897 un tal Félix Hoffman, fabricante de tinturas de la casa de productos químicos Bayer, en Alemania, modificó una sustancia proveniente de la corteza del sauce y creó el ácido acetil salicílico. Así asomó el primer medicamento industrial vendido bajo una forma de especialidad farmacéutica y fue comercializado bajo el nombre de aspirina.
Un siglo después, más de 100 000 fármacos compiten en el mercado mundial y la Industria farmacéutica, con ventas en el mundo que sobrepasan los 380 billones (si, billones) de dólares anuales, es hoy la actividad más lucrativa del planeta, la que más creció en los últimos treinta años, y la segunda en cuanto a movimiento de recursos financieros.
En efecto, el primer lugar lo ocupa la industria de la muerte –la de guerra- que, según la revista Fortune, gasta un millón de dólares cada 30 segundos, y le sigue la industria farmacéutica con un millón de dólares cada 83 segundos.
Estamos hablando de una de las industrias más concentradas: solo 20 multinacionales –con Pfizer a la cabeza- son dueñas de gran número de patentes y comercializan las dos terceras partes de todas las especialidades medicinales que circulan por el mundo.
Pero como la prioridad de estas multinacionales es maximizar la ganancia y no el derecho universal a la salud, últimamente llegaron a la conclusión de que centrarse en los enfermos ya no es tan rentable. Por eso, la nueva estrategia es medicar también a las personas sanas. Mediquemos al que sea, es la consigna.
Sobre esta base se ha desatado el más fabuloso boom publicitario sobre los supuestos beneficios en nuestra calidad de vida de algunas vitaminas u otros fármacos.
Suelen venderse ilusiones: los antioxidantes dan vitalidad, rejuvenecen; determinadas fibras –colocadas generalmente en los yogurs- regularizan el trabajo intestinal y otras provocan milagrosos estilizamientos corporales. Parece ser que todo se arregla con la ingesta de un medicamento. Y si una medicina que cura gravísimas enfermedades sociales en países pobres no puede ser vendida, entonces ese mismo fármaco lo publicitan como útil para otras cosas. Por ejemplo, la Eflornitina destinada a la curación del denominado “mal del sueño” que mata a 150.000 africanos al año, como no puede ser adquirida al precio que propone la multinacional, es ofrecido por Squibb bajo el nombre de Vaniga en crema, para el “tratamiento” del vello facial femenino.
Y mientras la voluminosa campaña publicitaria nos castiga minuto a minuto, un tercio de la población mundial no tiene acceso regular a los medicamentos esenciales, y la mayoría de los pueblos en el Tercer Mundo muere de enfermedades (como la malaria, el dengue y las derivadas de la desnutrición) cuyos tratamientos no tienen relación con los medicamentos más vendidos en el mundo y donde los gobiernos no pueden asumir el gasto en medicamentos que requieren sus pueblos.
Las multinacionales utilizan el patentamiento de medicamentos como instrumentos de la dependencia, a través de ese mecanismo cobran royalties, condicionan y hacen más dificultoso el acceso de los fármacos al segmento menos pudiente de la población.
El Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, cuando recientemente estuvo en nuestro país, afirmó que el sistema de patentes de medicamentos impone altos precios a países en desarrollo –como la Argentina– y aumenta la brecha con los ricos.
"Las compañías farmacéuticas -agregó- gastan más plata en marketing y publicidad que la que gastan en investigación, porque el retorno por acrecentar el monopolio es mayor que el retorno que tiene la innovación".
Pero como la estrategia es medicar también al sano, el monopolio farmacéutico "gasta más dinero en investigación para drogas de estilo de vida, como por ejemplo para que te crezca el pelo, que en remedios para salvar la vida".

¿Que ocurre aquí?

Las 75 empresas que representan el núcleo de la industria farmacéutica instalada en el país, según datos oficiales, facturaron 7.597,1 millones de pesos durante el año pasado, lo que significó un aumento del 20,2% respecto de 2006 (a precios mayoristas y sin sumar el IVA).
Como en la mayor parte del planeta, los productos con mas salida fueron los recetados para el sistema nervioso, digestivos y cardiovasculares que responden a las necesidades de salud de los países ricos.
Argentina, también en materia de fármacos, es un país dependiente de la gran industria privada, especialmente la multinacional. Y aunque esta industria acordó con el gobierno nacional limitar los aumentos de precios, los laboratorios dispusieron alzas superiores a las pactadas y, que se sepa, la maniobra quedó en la impunidad.
En cuanto a la declaración de la emergencia sanitaria nacional en marzo de 2002 que dio paso a la implementación de una política nacional de medicamentos, sustentada en la prescripción por nombre genérico, tampoco liberó a la Argentina de la incidencia multinacional ya que constituyó un rescate para la industria de medicamentos frente a la caída abrupta del consumo.
Esa emergencia –sostuvo el doctor Luis Trombetta, de Tribuna de la Salud-, estuvo dirigida a recomponer las ganancias de los industriales, otorgándoles la posibilidad de introducir en el mercado local una segunda línea de los mismos medicamentos con un precio diferencial, conservando el segmento de precios más altos para los sectores de mayores ingresos, recuperando las ventas en los amplios sectores medios y bajos profundamente golpeados por la pobreza y el desempleo.
En conjunto –agregó-, recompuso a las empresas transnacionales y a las industrias locales, preservando en todos los casos la propiedad de la patente del producto farmacéutico.
Gran parte de los medicamentos esenciales podrían ser elaborados por los alrededor de cuarenta laboratorios públicos que aun quedan luego de la violenta ofensiva neoliberal que empezó por restringir al máximo el trabajo de años del Instituto Malbrán. Pero eso no sucede, salvo excepciones.
Recientemente se han dado pasos positivos, pero insuficientes, creando una Red de Laboratorios Públicos (ver recuadro), pero se apela a ellos en una medida mínima porque, entre otros motivos, existen cláusulas con el Banco Mundial que obligan al Estado a adquirir fármacos solo a la industria privada.
El gobierno, por ejemplo, cuenta con su Plan Remediar, de entrega gratuita de medicinas esenciales a un amplio espectro de la población. Los laboratorios públicos, sin embargo, suministran una cantidad mínima de ellos. ¿Por qué?, se le preguntó a Jorge Rachid de Laboratorios Puntanos, uno de los establecimientos del sector estatal. Porque hasta ahora –respondió- el Plan Remediar dispuso de "350 millones de pesos al año para medicamentos, pero el sistema de producción pública nunca tuvo acceso a ese presupuesto porque lo impiden las disposiciones del Banco Mundial".
Se encarga al laboratorio público aquello que no ofertan los privados. Esta es la realidad. Por eso, la producción estatal de medicamentos es indivisible de una política que enfrente los intereses de las industrias de especialidades medicinales nacionales y extranjeras, desconozca las protecciones establecidas por las leyes de patentes, y desate la dependencia de las imposiciones de los organismos financieros internacionales. Eso sería una manera de “Volver a Carrillo”.

Volver a Carrillo

El neurocirujano y sanitarista Ramón Carrillo fue ministro de Salud del gobierno de Juan Domingo Perón (1946-1955). Desarrolló un sistema de salud que combinó la atención primaria en salas descentralizadas con centros hospitalarios de alta complejidad que abarcó más de 8.000 establecimientos en toda la Argentina. Fue Carrillo quien en 1950 creó Emesta, primera fábrica nacional de medicamentos.
Hoy existen más de cuarenta laboratorios en la esfera municipal, provincial y nacional. Son instrumentos esenciales para una política liberadora en materia de fármacos y para que ellos sean accesibles a toda la población. Quizás haya sido por eso que lo primero que hizo Mauricio Macri al asumir, fue cerrar uno de los laboratorios que dependen de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Este año, por primera vez en Argentina se puso en marcha una Red Nacional de Laboratorios Públicos que, bajo la coordinación del INTI, articulará el trabajo de 21 de ellos. Ellos son: Laboratorio de las fuerzas armadas, ANLIS-Malbran, Instituto Biológico de La Plata, Unidad Productora de Medicamentos - Facultad de Ciencias Exactas -UNLP, Laboratorio ELMETEC – UTN, Laboratorio del Hospital Municipal de Olavaria, Laboratorio Municipal de Bragado, Laboratorio de Especialidades Medicinales Hurlingham, Laboratorio de Medicamentos Genéricos Pampeano de la Municipalidad de Gral. Pico (La Pampa), el LEM SE de Rosario, Laboratorio Hemoderivados - Universidad Nacional de Córdoba, Laboratorio de Análisis Farmacéutico de la Unidad CEPROCOR de la Agencia Córdoba Ciencia S.E., Laboratorio Farmacia Municipal de Córdoba, Laboratorio Municipal Río Cuarto, el MSP de La Rioja, Laboratorio de Control de Calidad de Medicamentos – Univ. de San Luis, Laboratorio Provincial de Mendoza, el Laboratorio Productor de Medicamentos de Río Negro-PROZOME, Laboratorio Central de Salud Pública - MSP – Chaco, LAFORMED S.A. y el Laboratorio de Especialidades Medicinales del Ministerio de Salud Pública de Misiones (LEMis).
Los citamos a todos porque se trata de verdaderos sobrevivientes de la era neoliberal que debemos preservar e impulsar. Coordinados entre ellos y con los restantes, serían una poderosa fuerza productiva dentro de una política de salud al servicio del pueblo, fabricaría medidaentos a bajo costo y serían una barrera a las imposiciones del monopolio.
Pero solo siete de estos laboratorios cuentan con la certificación de la Anmat (Administración Nacional de Medicamentos y Tecnología Médica), necesaria para una producción de alcance nacional y mundial de calidad registrada.
Colocar a todos los laboratorios públicos bajo las condiciones de ANMAT es una decisión política que el Estado debe pues se requiere inversión, un item propio en el Presupuesto Nacional y una ley que arrase con todas las imposiciones de las multinacionales en materia de fármacos, entre ellas, las limitaciones y negociados del patentamiento.

Red de Laboratorios del Estado

Cómo debería operar

La Red de Laboratorios municipales, provinciales, nacionales y de las universidades podrían convertirse en instrumentos fundamentales para romper con las imposiciones de las multinacionales. Para que eso sea así se hace necesario colocar a todos esos laboratorios bajo las reglas del Anmat y establecer una política de Estado.
Claudio Capuano –coordinador de la Cátedra de Salud y Derechos Humanos de la Universidad Nacional de Buenos Aires y uno de los referentes de la Red Nacional de Laboratorios Públicos– sostuvo que “contar con sólo siete u ocho laboratorios con autorización de la Anmat es insuficiente”, y explicó: “el concepto es el trabajo en red: supongamos que en el sur del país se presenta una alta incidencia de neumonía y los antibióticos adecuados se elaboran en otra parte del país: es necesaria la certificación Anmat para que los medicamentos puedan ser trasladados”.
“Además –dijo Capuano–, supongamos que a un laboratorio, por ejemplo el de Rosario, le encargan millones de unidades de un medicamento para el Plan Remediar: el laboratorio está en condiciones de hacerlo, pero para eso tiene que postergar su producción habitual, destinada a su propia región: tiene que funcionar una red con autorización Anmat para que otro laboratorio pueda proveer esos medicamentos.”
Para el referente de la Red, “el programa debería establecerse por ley nacional; es lo único que permitiría garantizar su continuidad más allá del ministro de turno; y, por ley, debería contar con presupuesto propio. Ya el solo hecho de poner a los laboratorios públicos en condiciones Anmat cuesta dinero, no mucho, pero cuesta”, advirtió Capuano, y sostuvo que “en contrapartida, los laboratorios públicos pueden bajar sensiblemente los gastos en medicamentos, porque sus costos son mucho más bajos que los de la empresa privada”.
Para tener una idea de los montos que se manejan –informó el catedrático- pensemos que las compras de medicamentos por el Estado llegan a los mil millones de dólares por año, tomando los presupuestos nacional, provinciales, municipales y el PAMI.
En tal sentido, subrayó Capuano: “Debemos sacar al medicamento del rol de bien de mercado, y reemplazarlo por el concepto de bien social, a fin de lograr que la población tenga acceso a la salud”,
Por su parte, Martín Isturiz –del Grupo de Gestión de Políticas de Estado en Ciencia y Tecnología, que impulsa el desarrollo de los laboratorios públicos– destacó que, “además de defender la soberanía en el área de medicamentos, los laboratorios deben plantearse, no sólo como productores, sino como unidades de investigación y docencia, con el soporte del INTI; de este modo –agregó-, su desarrollo implicaría expandir el sistema de ciencia y técnica para retener los recursos humanos que hoy todavía se dilapidan, por la emigración de profesionales”.

40 aniversario del asesinato de Ernesto Che Guevara

40 aniversario del asesinato de Ernesto Che Guevara

No dejemos al Che en el monumento

Por Arturo M. Lozza

No es mito, no es dios volatilizado y estampado en remeras. El Che es hoy y es lucha de ideas, es rebeldía, es liberación, militancia, unidad y dignidad.

Se llamaba Rosa Molina, era indígena toba, vivía en Fontana, Chaco, tenía 56 años y pesaba 24 kilos. Murió desnutrida hace pocos días y ahora ocupa el lugar número quince entre los indígenas fallecidos por la misma causa en los últimos dos meses en esa provincia. Si nos internáramos en El Impenetrable, o en los aislados recintos de la marginación, veríamos que la cifra de muertos desnutridos es mucho mayor, pero esto es lo que dice la encuesta.
Cuando a Rosa Molina la llevaban a la catedral de Resistencia con sus 24 kilos como forma de denunciar tamaño crimen de desigualdad social, las multinacionales de la exportación agrícola accionaban sus computadoras y comprobaban una vez más que las ganancias por las cosechas de soja, maíz, trigo y girasol, entre otros, posibilitarían millonarias cifras de ganancias. No era para menos y –escribía entusiasmado “Clarín”- “había que aprovechar el momento”.
El momento era que los precios internacionales estaban en alza y que acumulaban para la comercialización nada menos que 87,8 millones de toneladas de granos.
Sin embargo, muy alejado del momento que calculaban Nidera, Cargill, Monsanto, Dreyfus y el Grupo Uquía, había otro momento, el que marca la vida y la muerte, el que por desnutrida se llevó a Rosa y se lleva a miles por año. Uno y otro tiempo no coinciden, sin embargo deberían accionar coordinadamente: los tiempos de cosecha récord tendrían que servir para alargar los tiempos de la vida y evitar que la muerte se lleve por desnutrición a las Rosas.
Pero no es esa la realidad. Nunca en la historia de los argentinos la desigualdad ha sido tan abismal como en las épocas del neoliberalismo.
Por eso, entonces, no dejemos al Che en el monumento.
Para que haya cosechas récords, los grandes capitales arrasaron con la naturaleza, desalojaron a 100.000 chacareros, expulsaron de los montes a miles de habitantes originarios y aniquilaron flora y fauna con agrotóxicos. Las ganancias que deparan esas cosechas quedan en su mayor parte en manos multinacionales y terminan en las arcas del imperialismo. No hay distribución de las riquezas entre el pueblo. Nos siguen robando y aniquilando tierras.
Por eso, entonces, no dejemos al Che en el monumento.
Hay denuncias que dicen que mueren cien chicos por día con enfermedades derivadas de la desnutrición. Puede que haya más y puede que haya algo menos. Pero el dato es igualmente atroz para cualquier país, máxime en nuestro caso donde las cosechas alcanzan para alimentar a 300 millones de personas durante un año.
Pero de esto no hay suficiente conciencia, los medios masivos de comunicación están al servicio del poder político y económico. No ayudan a despejar, adormilan, estupidizan, tergiversan, ocultan. Frente a esto, sin embargo, todavía no pudimos desplegar una estrategia eficaz de la comunicación del campo popular.
Por eso, entonces, no dejemos al Che en el monumento. Porque el Che llamaba a multiplicar los medios para comunicar la verdad.
El Che no es mito, no es dios volatilizado o convertido en figura de remera. El Che es encarnadura, tiene que ser rebeldía de hoy, no solo la de ayer, debe ser lucha de ideas, comunicación revolucionaria, militancia, ruptura de rutinas, mística. No solo recordación. Por eso, no lo dejemos en el monumento.
El nos llamó hace tanto tiempo a la unidad. Pero vivimos más fragmentados que antes. ¿No será hora de enterrar mezquindades, egolatrías, pequeñeces miserables, y emprender el camino de la unidad como nos lo pidió el Che en su mensaje a los argentinos?
“Hagamos como el Che”, dice la frase en boca y en pancartas de miles de jóvenes. Hagamos como el Che, entonces, y no lo dejemos en el monumento. El Che es ahora y siempre. Para que nunca más muertos por desnutrición, para que nunca más robados y entregados al imperialismo, por la tierra madre sin agrotóxicos, por la soberanía y la dignidad

Hidrocarburos

Hidrocarburos

LA ENERGIA QUE NOS QUITAN

Por Arturo M. Lozza

Solo ocho trasnacionales controlan el 90% de la producción de petróleo y gas. Hace veinte años que a los argentinos nos quitaron el manejo de un segmento que es estratégico.



Se cumplen veinte años de la desregulación de la actividad hidrocarburífera, veinte años desde aquellas épocas en que fue desmembrada YPF y entregada impunemente al capital privado en uno de los actos de mayor criminalidad económica sobre la soberanía nacional y el bolsillo de los argentinos.
Las voces que reclaman hoy el retorno al modelo estatal se multiplican, pero no han tenido éxito hasta ahora: continúa vigente aquella maldita política pese a que veinte años han mostrado de sobra que su aplicación ha sido un éxito para el monop0olio privado, aunque un terrible mazazo para la economía del pueblo.
Hablar de petróleo, de gas, de energía, es hablar de política, de soberanía y de un segmento estratégico en el desarrollo independiente de un país. Es asunto neurálgico, es poder.
Si no se maneja la energía que todo lo mueve y lo alumbra, el poder lo tiene otro, no el pueblo. Así son las cosas.
Sin embargo, mientras por un lado el gobierno adopta en otros campos determinadas medidas que refuerzan el concepto de soberanía, en esta materia, y en la minería, parece aferrado al viejo chip que grabó el neoliberalismo según el cual el tema hidrocarburos es tratado como si todo se limitara a un producto “commodity” del mercado que deja suculentas ganancias.
Siendo ésta la idea dominante, el resultante es que, en lugar de tenerse el control estatal en el manejo de esos bienes para una estrategia de desarrollo económico y social independiente, se ha elegido el camino del monetarismo que también marcan las academias del neoliberalismo: asociarse con los monopolios privados en el reparto de las ganancias del “commodity” a través de las retenciones a la exportación. Es una asociación sin justicia, porque la mayor parte de las ganancias se las llevan las trasnacionales mientras el Estado se ha fijado la obligación de subsidiar a las empresas para que no eleven tarifas o para que emprendan trabajos de exploración y explotación.
Por supuesto, tomadas las cosas con criterios de “mercado”, lo único válido en los balances es la cifra que incide en el PBI y el monto que va al Tesoro por impuestos a la exportación.
Pero la realidad indica que esta política es un poco de pan y dependencia para el presente, y hambre para el futuro, porque nuestra riqueza natural no renovable, como son petróleo y gas, está siendo vaciada y mientras tanto, más allá de las retenciones, no alimenta ningún plan estratégico que motorice al conjunto de la labor productiva. Argentina extrae petróleo, todavía se autoabastece, pero las compañías privadas exploran poco y nada. No es actividad que les dé réditos inmediatos. El acento lo ponen en extraer de los yacimientos ya descubiertos hasta terminarlos.
Al ser los hidrocarburos un “commodity”, los precios internos de los combustibles se ajustan hacia arriba al nivel de los precios internacionales, se convierten así en factor ineludible de inflación y castiga al conjunto de la población. Si los precios son más bajos en Argentina que en algunos otros países, ello se debe a que el Estado subsidia para “compensar” lo que dejan de ganar Repsol y demás consorcios. Son compensaciones, en definitiva, que salen de los bolsillos de los argentinos y que bien podrían servir para fines que verdaderamente hagan a una justa distribución de los ingresos, en lugar de ir al bolsillo de los monopolios.
Son productos de esta política equívoca las idas y vueltas en la cuestión de los tarifazos. Hoy estamos recibiendo las boletas de gas con un inmenso sello cruzado que nos dice que esa factura está subsidiada por el Estado Nacional. Es decir, el Estado, además de haber perdido el control de sus hidrocarburos, engrosa el negocio a las empresas cuando, en realidad, los contratos de concesión las obligan a realizar ellas esas inversiones.
Ese incumplimiento sería motivo de cancelación de contratos. Pero ese paso no se da.
Mientras tanto, las concesionarias Repsol YPF, Pan American Energy (Bridas y British Petroleum), Total, Tecpetrol, Vintage Oil, Petrobrás, Chevron y Sipetrol, en conjunto, controlan el 90 % de la producción de gas y petróleo, y siguen fijando libremente sus precios, o reclamando compensaciones.
Por su lado, los generadores eléctricos, en gran parte vinculados a las sociedades petroleras, consiguieron la sanción, vía decreto, del funcionamiento del Mercado Mayorista Eléctrico (MEM) donde la última unidad ofertada, es decir, la más cara, levanta el precio de las más baratas a ese nivel; esas sobreutilidades debían ser destinadas a inversiones, cosa que no sucedió, por lo que hoy carecemos de la generación necesaria y no existen planes privados para subsanar tal situación, que se ha hecho más crítica año tras año.
Hoy estamos padeciendo una grave crisis de desinversión, pues las empresas privadas no quieren correr riesgo y lo que les interesa es maximizar sus utilidades inmediatas. Consecuentemente, día a día aparecen las dificultades para los argentinos: no hay gasoil porque no alcanzan ni la declinante producción de petróleo, ni la producción de las refinerías locales, que son las misma de 1988; se exporta gas y se le elevan las tarifas al usuario para financiar su compra en el exterior; llegan los subsidios a las trasnacionales porque no hay decisión política de acabar con esa entrega del patrimonio nacional, etc..
Un estudio realizado en el ámbito de la Universidad de Buenos Aires y del Conicet (que llevan las firmas de Ricardo Ortiz y Martin Schorr) nos muestran que la política de privilegiar el concepto de commodity y de mercado llevó a la Argentina a una drástica caída en la evolución de las reservas de hidrocarburos, que hasta el 2005 siguieron una curva opuesta a la de su producción y exportación. Por ejemplo, si a principios de los ´90 la estimación de las reservas de gas alcanzaba para 25 años, a mediados de esta década las reservas comprobadas se redujeron para cubrir solo 9 años.
Está caída se relaciona directamente con la disminución de la actividad exploratoria (en manos privadas), ya que mientras en los años ´70 y ´80 el promedio anual de pozos exploratorios oscilo en alrededor de 140; entre 1993 y 1999 disminuyó a 105, y entre 2000 y 2005 cayó a solo 39.
Frente a esta realidad grave, el gobierno decidió “incentivar” la exploración y extracción de las trasnacionales y puso en vigencia la Ley 26.154 en octubre de 2006 estableciendo beneficios impositivos y la eliminación de tasas de importación, con un carácter similar al régimen minero existente desde 1993, que es una vergüenza.
Vemos, entonces, que contrariamente a lo hecho en otros países latinoamericanos, en Argentina la política respecto a los hidrocarburos no experimentó cambios sustanciales. De continuarse por esta senda, cualquier promesa de justicia en la distribución de las riquezas es una mera expresión de deseos.


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Perdedores y ganadores

Desde que hace veinte años se entregaron los hidrocarburos a las multinacionales, millones de argentinos no han salido de su nivel de pobreza, pero las petroleras lograron ganancias impresionantes en Argentina y el mundo.
La revista Fortune (20/7/09) publicó, como lo hace anualmente, la lista de las primeras 500 empresas globales según sus ingresos.
Entre las diez multinacionales que más ingresos tuvieron en el ejercicio 2008, siete son petroleras, la mayoría de ellas con concesiones en nuestro país. Las dos últimas, dijeron haber tenido pérdidas por alrededor de 18.000 millones de dólares entre ambas. Pero las cinco primeras anunciaron ganancias por un monto conjunto de 116.585 millones de dólares. Ellas son:

1) Royal Dutch Shell (petrolera anglo-holandesa): ingresos 458.361 millones de dólares. Ganancias, 26. 277 millones de dólares.
2) Exxon Mobil (petrolera de Estados Unidos): 442.851 millones de dólares. Ganancias, 45.220 millones de dólares.
3) BP (petrolera británica): 367. 530 mdd. Ganancias, 21.157 mdd.
4) Chevron (petrolera estadunidense): 263.159 mdd. Ganancias, 23.931 mdd.
5) Total (petrolera francesa): 234.674 mdd. Ganancias, 15.500 mdd.
6) ConocoPhillips (petrolera de Estados Unidos): 230.764 mdd (pérdidas por 16.998 mdd).
7) ING Group (Holanda): 226.577 mdd (pérdidas por 1.067 mdd).